Los proyectores, cada vez más cerca de lograr la emisión de hologramas

Última actualización: 17.09.19

 

Quienes son fans de las películas de Star Wars o de cualquier otra saga de ciencia ficción seguramente sepan ya lo que son los hologramas, pues son un recurso habitual en este tipo de producciones. Un sistema de proyección de imágenes que surge casi de la nada y en la que se pueden ver vídeos directamente en cualquier parte, sin necesidad de pantallas ni otros elementos similares a los que necesitamos para realizar una proyección convencional.

En la actualidad, dichas proyecciones holográficas a la manera en que las vemos en las películas no son posibles, dado que es imprescindible contar con una pantalla u elemento reflexivo en el que la luz se pueda reflejar y conformar esa imagen virtual, que parece cobrar vida. Sí es cierto que es posible realizar ciertas emisiones de vídeo en formato ligeramente tridimensional, mediante algún tiro especial con el que lograr algo más de profundidad, pero todavía en unos resultados muy alejados de lo que realmente se consideraría una imagen holográfica completa.

 

El problema es la “pantalla”

Por suerte, a diferencia de estos planteamientos, son varios los expertos del sector que están trabajando en diferentes sistemas con los que acercarse al máximo al planteamiento holográfico real. Sin embargo, en este camino tienen que enfrentarse a un enemigo que ya hemos comentado: la falta de pantalla.

Cuando realizamos una proyección, la pantalla es prácticamente la mitad de lo que necesitamos para obtener un resultado de calidad. Sin una buena pantalla, ya podemos tener el mejor proyector del mundo que probablemente obtengamos un resultado altamente deficiente en lo que a imagen y calidad de pantalla se refiere. Por eso, la idea de buscar la forma de prescindir de dicha pantalla, o bien de lograr una pantalla simulada de algún modo (obviamente no sirve una pantalla física), es la mayor complicación en la generación de estos sistemas holográficos.

Como prueba, podemos pensar en cuestiones como las proyecciones ornamentales que muchas veces alumbran edificios y otros lugares históricos. Estas proyecciones pueden ser capaces de proyectar imágenes en movimiento e incluso otros elementos visuales de alta calidad, pero solo cuando cuentan con ese lugar donde la imagen se refleje. Por el contrario, cuando lo que tenemos son luces que salen del suelo y apuntan hacia arriba, lo único que tenemos es un haz de luz que sube con una cierta intensidad, sin más calidad que lo que tarde esa luz en perderse.

 

 

El planteamiento del plasma

Una de las primeras invenciones que han surgido en el sector para tratar de lograr estar proyecciones holográficas reales, y sobre todo para solucionar el problema de la pantalla, es el plasma. Pero no el plasma sanguíneo, sino este misterioso estado de la materia que tiene características tanto del estado gaseoso como del estado líquido. La mayor ventaja de este sistema es que tiene características electromagnéticas propias  de un estado particular de la materia, en lo que a la disposición de los electrones se refiere.

Precisamente, tomando como base las características de este sistema de la materia, algunos científicos han pretendido aprovechar el mismo para generar esas pantallas virtuales, en las que poder realizar las emisiones que el proyector ejecuta. En este caso, es necesario disponer de un elemento inductor, por ejemplo, un rayo láser. En función de las características y parámetros técnicos con que se realiza dicha inducción, es posible obtener diferentes colores e intensidades de los mismos.

El problema fundamental de este sistema, costes aparte, es que hablamos de un procedimiento cuyo resultado es muy mejorable. La resolución que se puede conseguir a la hora de realizar este tipo de emisiones holográficas es bastante reducida, por lo que la calidad de las imágenes generadas es muy deficiente. Un aspecto en el que tampoco resulta fácil mejorar dicha calidad, al menos considerando la tecnología existente.

 

El proyecto Leia

Ante esta situación, surge el denominado proyecto Leia. Un sistema desarrollado por Daniel Smalley y varios de sus colegas de la Universidad de Utah. El planteamiento de este sistema mantiene el láser como protagonista, pero con un funcionamiento bastante más sencillo. En concreto, este sistema de proyección láser no se dedica a convertir en plasma las partículas del aire sobre las que trabaja, si

no que lo que hace es convertir estas partículas en una especie de punteros, que pueden mantenerse bajo control a la hora de crear imágenes.

Este sistema presenta algunas ventajas frente al modelo de plasma, empezando por las necesidades energéticas y la capacidad de control del sistema. En este caso, no hablamos de un láser de alta potencia como para lograr un plasma, sino que el sistema de particular puntero se asemeja un poco más al de una impresión 3D, pero con luz. Las pequeñas variaciones en la longitud de onda generada permiten a este proyector crear los diferentes colores, obteniendo resultados más precisos que los que se consiguen con los sistemas de plasma que ya hemos comentado.

 

 

De todos modos, los resultados generados con este sistema no son demasiado diferentes a los que se obtenían con el sistema de plasma que hemos comentado. Los vídeos que al respecto ha publicado la universidad dejan claro como el tiempo de refresco y la capacidad de definición de la imagen son muy limitados. Pero la buena noticia es que esta tecnología, a diferencia del sistema de plasma que hemos comentado, tiene la ventaja de ser escalable de forma relativamente sencilla. Por tanto, basta con ir diseñando sistemas cada vez más concentrados, en un planteamiento que recuerda en sus orígenes a las primeras pantallas planas, cuya resolución creció a medida que se incrementó la cantidad de pixeles por pulgada.

Por cierto, como curiosidad en todo este punto, Smalley no quiere que a su sistema se le denomine holográfico. Algo que tiene que ver fundamentalmente con este modo de impresión, que no requiere de más pantalla de la que el propio sistema es capaz de generar. Prueba de que incluso la tecnología más cinematográfica puede quedarse atrás cuando la ciencia se empeña.

 

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